El arte de que te importe un carajo la opinión de los demás

Te voy a decir algo que a la mayoría le suena fatal:

Lo que piensen de ti es irrelevante.

Y me da igual si es tu vecino,

tu editor o el experto de turno en LinkedIn

que no ha montado un negocio en su vida

pero tiene muchos títulos colgados en la pared.

Si tienes un proyecto, una idea

o una forma de vivir que te quema las entrañas,

tienes dos opciones.

Una es pedir permiso,

intentar gustar a todo el mundo

y acabar siendo una fotocopia borrosa

de algo que ya existe.

 

La otra es ser tú,

con todas las consecuencias,

y aceptar que a mucha gente

le vas a caer fatal.

 

Yo prefiero la segunda.

Iker Jiménez también.

Escucha esto porque es importante:

 

Cuando empezó en la radio con 17 años,

los “genios” de la industria le decían

que lo que hacía era basura.

 

Temas marginales.

 

Contenido para locos.

 

Cuando sacó su primer libro,

las editoriales se lo tiraron a la cara.

 

Cuando se fue a YouTube,

le dijeron que estaba acabado.

 

¿Y sabes qué pasó?

Que mientras los expertos

hacían previsiones sobre su fracaso,

él seguía picando piedra.

 

Lo que iba a ser un programa de un verano

duró 15 temporadas.

 

Lo que era un libro despreciado

se convirtió en un éxito

que esos mismos editores

luego quisieron comprar.

 

¿Por qué?

 

Porque no buscaba el aplauso.

Buscaba la verdad.

 

Hoy vivimos obsesionados con el “espejo digital”.

 

Esa pantalla maldita donde parece

que si no tienes la aprobación de la masa,

no vales nada.

 

Es mentira.

 

Es una trampa para cobardes.

 

El secreto del éxito

—del de verdad, no del que se finge en Instagram—

es que tu proyecto sea tuyo.

 

Que te lo creas tú.

 

Y que te importe un bledo

lo que digan los que están sentados

en la grada viendo cómo tú

te manchas de barro.

 

Si tu entorno te dice que “no puedes”,

lo más probable es que tengan razón…

para ellos.

 

Porque ellos no pueden.

 

Pero tú no eres ellos.

 

Eso sí,

no te equivoques.

 

Aquí no hay atajos.

 

Lo diferente cuesta el triple.

 

Lo normal está saturado

porque es el camino fácil,

el de los perezosos,

el de los que buscan

la palmadita en la espalda.

 

Si quieres algo que merezca la pena,

vas a tener que sostener

el proceso cuando no haya aplausos.

 

Vas a tener que repetir lo incómodo mil veces.

 

La mayoría de la gente

no está cansada,

está anestesiada.

 

Buscan la motivación

en vídeos de gatitos

mientras su vida

se les escapa entre los dedos.

 

No seas esa persona.

 

Si tienes algo que contar,

cuéntalo.

 

Si tienes algo que vender,

véndelo.

 

Pero hazlo con tu voz,

con tu intención

y sin pedir perdón por existir.

 

La gente con criterio

no busca gurús

que les acaricien el ego.

 

Busca compañeros de camino

que hablen desde la trinchera.

 

Que sean humanos.

Que se equivoquen,

pero que no mientan.

 

Al final del día,

los rituales, las velas

y las listas de deseos

están muy bien

como “anzuelo” mental,

pero si no hay una acción detrás,

son solo fantasía.

 

Y pensar sin actuar

es la forma más rápida

de frustrarse.

 

Así que,

hazte un favor:

apaga el ruido.

 

Deja de mirar

lo que hacen los demás

y empieza a mirar

lo que tienes tú dentro.

 

Si tu corazón te dice

que es por ahí,

tira millas.

 

Lo peor que te puede pasar

no es fracasar.

 

Lo peor es llegar al final

y darte cuenta

de que viviste la vida

que otros diseñaron para ti

porque te dio miedo incomodar.

 

Se viene a despertar, no a entretener.

 

Y el que no lo entienda,

que se baje

en la próxima estación.

 

No estamos aquí para ellos.

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Aquí no se motiva. Se despierta.

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