Que eres un payaso
en una fiesta
a la que ni siquiera
querías ir.
Te pintas la sonrisa.
Haces las piruetas.
Aguantas las bromas pesadas
de invitados que no te importan.
Todos se ríen
todos están cómodos.
La fiesta termina
las luces se apagan
y tú
te quedas solo frente al espejo
con la pintura agrietada
y el alma seca.
Has logrado que nadie
se enfade contigo
pero has conseguido
que tú no te reconozcas.
“Amicus omnibus, amicus nemini.”
(Amigo de todos, amigo de nadie).
Dices que eres
una persona “atenta” y “servicial”.
Mentira.
Eres un rehén
de la aprobación ajena.
Has convertido el agradar
en tu mecanismo de defensa
para no enfrentar el conflicto.
Pero el conflicto
es el único lugar
donde se negocia tu libertad.
Esa necesidad patológica
de no molestar
es una de tus
creencias limitantes
más tóxicas.
Te hacen creer
que si todos sonríen
tú estás a salvo.
Pero nadie está a salvo
viviendo en una mentira.
Te falta claridad emocional
para entender
que cada vez que buscas
el aplauso externo
pierdes el respeto interno.
Vivir con propósito
exige por definición
que no le gustes
a todo el mundo.
Si nadie se queja
de lo que haces
es que no estás haciendo nada
que merezca la pena.
Tus sistemas de éxito
están secuestrados
por el “qué dirán”.
Y el “qué dirán”
es un juez
que nunca
dicta sentencia
a tu favor.
Solo te mantiene
en libertad condicional.
La mayoría muere
con una reputación impecable
y una vida vacía.
Tú decides
si quieres ser el payaso de la fiesta
o el dueño de tu destino.